¿Y dónde está su pololo?

Por Elena

Algo así como donde está el policía o donde está el piloto, pero ni remotamente gracioso.

El fin de semana hubo reunión familiar por el cumpleaños de mi abuela, lo que significó ir a pasar sábado y domingo a mi casa en Viña, que me regaloneen, que me malcríen, que me sobrealimenten. Y también incluye el golpe de enfrentar un montón de preguntas y recuerdos relacionados directamente con mi ex, de las que se puede huir por un rato, pero jamás escapar del todo.

Hay un orden estructurado de preguntas que vinieron estos días de todos los familiares con los que me topé y que decían más o menos así: “Hola mijita ¿cómo está? ¿Cómo le ha ido en Santiago? ¿Cómo le va en el trabajo? ¿Cómo está su pololo?”.

Auch.

Si duele asumirlo y contárselo a los amigos más cercanos, tener que explicárselo a cada tía, prima, sobrina, conocidos varios que piensan que uno tiene que darles todo el discurso sólo porque ellos lo demandan, es un poquito más jodido.

Claro, sé lo que usted lector está pensando “Pero Elena, no es necesario darle explicaciones a nadie, hay que mandarlos al carajo” y sí, tienen la razón. Pero ¿quién no tiene esa tía preguntona que insiste una y otra vez hasta que al final te toca decir “Terminamos”. Y como si eso fuera poco, comienza con las preguntas “Cómo, pero ¿Cuándo pasó?” y hace esas conjeturas de mierda, como “De seguro tenia otra mujer, no si yo siempre dije que ese cabro no me gustaba para ti” y que termina su discurso con aquel alentador comentario “De todos modos tienes que buscarte a otro luego, porque con la edad que tienes ya está de candidata a ser solterona.

Solterona. Doble auch.

Y ya vivo sola con el gato.

Y ya que estamos en el tema de las preguntas, creo que la peor de todas vino de la única persona que debería haber sido apoyo y que, por supuesto, no lo fue.

Mi papá.

– ¿Cómo está Alejandro?

– Terminamos- yo iba en el asiento del copiloto en el auto y mi papá manejaba camino a buscar la torta para el cumpleaños, como si nada. Hizo una pausa después de mi respuesta y me miró sorprendido.

– ¡No!

– En serio

– No te creo

– Papá, es en serio- a mi se me quebró la voz en ese punto de la pseudo conversación y ahí mi progenitor tuvo el gesto más lejano a la humanidad que le he visto en el último tiempo. Abrió la herida, le metió el dedo, le echó sal, limón y la raspó.

– ¿Pero terminaron en la buena onda o él te patió?- si no fuera el hijo de mi abuela, le habría sacado la madre.

Nada más valorado que el apoyo de la familia.

Pero enfrentar estas situaciones no es solamente tener que aguantar que te pregunten por el ex y responder con una sonrisa que todo está bien y que está re superado, sino que además, en mi caso, incluyó chocar con una muralla de recuerdos que estaba metida a presión en mi closet y que cayó ante mi en cuanto lo abrí para sacar un par de calcetines.

Cosas que pasan. Cierto. Pero ¿me tenía que pasar a mi? Menos mal que había sacado nuestras fotos de la pared, porque eso si hubiese sido peor.

Y ahí aparecen los regalos, las cartas, los vales por besos infinitos que no cobré, las poleras y un millón de recuerdos que honestamente no quería ver, pero que aún no tengo el estómago como para tirar a la basura. Peor aún, sólo de pensarlo recuerdo las palabras de mi ex cuando estábamos un día en su casa y hablando de este mismo tema me dijo que los regalos no se botan, porque son regalos.

¿Qué hicieron ustedes con las cosas de sus ex después de que terminaron? ¿Es lo más sano esconderlas, botarlas o dejarlas ahí simplemente, como recuerdo de algo que fue lindo en su momento? ¿Se olvida más rápido si uno se deshace de todo lo que físicamente te recuerda al ex?

*Los nombres han sido cambiados porque no me gusta escribir el nombre verdadero.

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