Tener cojones de una vez y para siempre

Por Elena

¿Será que a todos nos pasa a veces que nos sentimos las peores personas del universo? Porque a mi me pasa bastante seguido.

En caso de que usted lector no sea mi amigo y no me conozca en mi día a día, le contaré un poco de esta personalidad y falta de carácter que, a ratos, me juega tan en contra que hace que yo sea mi peor enemiga.

Me cuesta mucho decirle a la gente lo que pienso realmente. En el general de las situaciones, me cuesta mucho decirle a mis amigos cuando hay algo que me molesta, lo que se me hace totalmente inconsecuente, ya que se supone que son los amigos las personas con las que uno más confianza tiene.

Pero no, mi tranca personal me impide tener cojones para detener a mis amigos cuando hacen algo que me molesta. La mayor parte del tiempo me lo aguanto hasta que la situación es insostenible y termino reventando de la nada generando una pelea descomunal, lo que es conocido por ciertas personas como “Elena y la furia”, y créanme, no quieren estar cerca cuando eso pasa.

Recuerdo que hace mucho tiempo mi ex se enojó conmigo por no ser capaz de decirle a una amiga que me estaba tratando de una manera que no me gustaba. El enojo de mi ex fue tal que me cortó el teléfono, básicamente porque estaba cansado de escucharme quejar y no hacer nada al respecto.

Sí, lo entiendo. No lo justifico, pero lo entiendo. Tengo esa mugrosa tendencia a ser bastante quejumbrosa. Sé que canso, yo también me canso de eso y es por esa razón que dese hace unos meses practico decir las cosas, esforzándome al máximo por no meter la pata en el entremedio.

Porque si meter la pata fuera un don, Dios me dio de eso para regalar al mundo.

Supongo que no digo las cosas porque cuando lo hago salen de mi boca como la peor conjugación verbal del universo. ¿Les ha pasado? Díganme que sí, porque para explicar lo que hay en mi cabeza cuando debo hacerlo siempre, siempre termino por decirlo de la peor manera que pueda existir.

De hecho, una de las mayores razones por las que escribo es porque sobre un papel- o frente a una pantalla- se me hace muchísimo más simple coordinar mis ideas. Al menos la mayor parte del tiempo.

Desde hace unos meses que tengo un vecino de mi edificio que me estresa. El tipo siempre está en el ascensor cuando me voy en las mañanas a trabajar y un día no tuvo mejor idea que comenzar a conversar. Grave error. Soy una de las personas menos sociables que conozco y, a menos de que la situación lo amerite, evito conversar con desconocidos, rasgo que en las mañanas se ve aumentado a su máxima expresión, principalmente por el hecho de que sigo media dormida y mi capacidad de fingir interés o simpatía aun no se activan. Si es que en algún momento de la vida están en mode on realmente.

Resulta que este tipo- que en algún momento debe haberme dicho su nombre, pero que claramente no retuve por bajo o nulo interés- cada vez se puso más y más hablador, hasta me invitó a salir una vez, ante lo cual obtuvo un seco “Estoy atrasada, chao”. Hasta que hace unos días me lo topé en la tarde, cuando iba saliendo del edificio a juntarme con una amiga.

– Hola

– Hola- le sonreí y seguí caminando, para dejar en claro mi apuro y nulo tiempo de conversación

– ¿Cómo estás? Hace tiempo que no te veo en la mañana

– Sí, es que ahora me voy en bicicleta

– ¿Vas a salir?

– Sí- seguí caminando, pero el me seguía hablando, no sé por que

– ¿Vas a carretear?

– Sí

– ¿Con quién?- y ahí se me acabó la paciencia. Ustedes pensarán que soy una pésima persona, pero créanme que intenté ser agradable, intenté no ser mala, intenté conversarle, pero cuando alguien que no conozco se pone a pedirme explicaciones o a hacerme preguntas que no corresponden, ésta nueva Elena con cojones dice lo que tiene que decir.

– Disculpa, pero ni en mi casa me piden explicaciones de con quien salgo, no tengo porque dártelas a ti, nos vemos- y me fui.

A la media cuadra me sentí culpable de lo que dije. Es que sonó cruel y lo tengo super claro. Pero estoy cansada de soportar tener que darle explicaciones a la gente y de tener que defender todo lo que hago como si fuese una cabra chica sin capacidad de raciocinio claro. El pobre vecino pagó las consecuencias y sé que no tenía nada que ver con mi pelea personal, pero fue lo único que se me ocurrió decir. Notoriamente no fue la manera, pero aún estoy trabajando en esa parte del proceso.

Siempre he tenido una idea clara: yo no me meto en la vida de mis amigos, si ellos están bien, perfecto; si necesitan un consejo, pueden contar conmigo; si quieren compartir sus problemas, no tengo problema en escucharlos. Pero no soy de las personas que anda diciéndole al resto que es lo que tiene que hacer, porque no va conmigo. Es por eso que me pone de malas cuando alguien, ya sea mi vecino entrometido o un amigo ultra cercano, opta por una posición paternalista conmigo y comienza a tratarme como a alguien a quien guiar.

No es que no acepte consejos, no es ese el punto. Es que me cansa tener que escuchar a gente diciéndome como vivir mi vida siendo que yo no les he dicho una cosa de ese tipo. Y me ha pasado que amigos han hecho comentarios imperativos que me han dejado helada.

Por mucho tiempo los aguanté y agaché el moño, asumiendo que sus ideas eran mejores o más maduras que las mías, o mordiéndome la lengua para no dar pie a una pelea que a la larga sería peor. Pero eso generó tanta tensión y problemas en la amistad que se me hizo necesario aprender a poner un alto y explicarme y decir “Mi vida, mis decisiones, mis errores”.

Nadie quiere que a un amigo le pase algo malo, pero mayoritariamente se aprende a porrazos- todos sabemos que he tenido varios de esos- pero tampoco nadie quiere a un amigo que esté sobre ti sobre protegiéndote y diciéndote como vivir tu vida. A mi me llegó el momento de defender mi posición, sólo me queda aprender a filtrar bien las palabras para no hacerle daño a quienes realmente se preocupan por mi.

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