¿En qué estaba pensando?

Por Elena

Hace unos días vino mi hermana de visita. Siempre es bueno verla, por supuesto, y conversar de un millón y medio de cosas en un par de horas, tal y como hacíamos cuando niñas.

Cocinamos hamburguesas, mi gata se echó en el sillón y comenzamos ese viaje en el tiempo, recordando cosas que sólo nosotras sabemos de la otra. Y fue ahí cuando salió a la palestra mi primer pololo.

– ¿En qué estaba pensando cuando me puse a pololear con ese tipo? ¿por qué no me detuviste?- le pregunté a Andrea mientras ella estallaba en una carcajada descomunal. Al menos hoy el tema es para la risa.

– No sé Elena, estabas emocionalmente descompensada y no te diste cuenta que el tipo no valía la pena.

Y es cierto. Estaba pasando por un momento realmente malo, pero no quiero culpar a mi depresión del error que cometí al involucrarme con Esteban*. De todos modos estoy segura que sana no me habría fijado en él para una relación seria.

Pero ¿a quien no le ha pasado alguna vez que comienza a recordar la gente en la que se fijó anteriormente y se golpea la cabeza contra la pared preguntando una y otra vez “¿en qué estaba pensando?”.

Y aunque no soy Megan Fox, tal y como me ha dicho mi primo Carlos en reiteradas ocasiones a pito de nada, creo que definitivamente me merecía más. Mi primer novio no era bonito, de hecho era cualquier cosa menos eso, pero independiente de eso, el tipo tenía un millón y medio de trancas que no hacían mejor la relación.

De partida era celoso de todos mis amigos y básicamente no me dejaba juntarme con ninguno. La explicación a eso era que él era infiel y pensaba que yo era igual que él. Además, tenía un problema serio con el dinero y eso de no tener nada, como que la tranca social no la supero jamás y eso terminó convirtiéndolo en un resentido. Y por sobre todas las cosas, no tenía tema de conversación.

Con mi hermana ese día fuimos aún más atrás en el tiempo y después de una cerveza me recordó al niño que me gustaba cuando estaba en el colegio. No hace mucho lo vi y de verdad que tuve ganas de golpearme la cabeza contra la mesa.

– A ti te gustaba el Alonso* cuando éramos chicas- Andrea me reclamó cuando le saqué en cara el nombre de algún otro ex amor para no sentirme tan sola en eso de la auto recriminación

– Si… y ahí no hay depresión que culpar- le dije pensando que mi mamá tenía razón, estaba perdiendo el tiempo con él. Claro, a los 15 años lo único que uno no hace es escuchar los consejos de los padres.

– Te dije un millón de veces que te fijaras en alguien más

– Lo sé, pero al final nunca pasó nada con él, a mi me gustaba pero yo a él no

– Pero igual estuviste mucho tiempo pegada con el tema

– Si, pero a esas edad todas nos quedamos pegadas en un tipo, a ti también te pasó…

¿Será una constante en mi vida? ¿Tendré un imán para los hombres que no valen la pena? ¿Estoy predestinada de fábrica a fijarme en hombres que solamente me harán daño? ¿O es que ya no quedan hombres buenos en este asqueroso planeta?

La verdad, independiente de lo loca que estoy, de mi mal genio, de mi poca paciencia, de la tendencia a la crueldad desmedida, de mi actual falta de sentimientos y corazón, a mi manía por hacer listas de todo, a mi necesidad constante de aprobación por parte de mi pareja; independiente de mi poca capacidad empática, de mi manera infantil de enfrentar algunos episodios, de poca tolerancia al resto, de mi comportamiento algo anacoreta y de mi tendencia a redactar y publicar lo que me pasa en orden de entenderlo y asimilarlo como un proceso que si bien es interno, no puedo dejar de externalizar, creo que no soy una mala mujer y me merezco algo mejor.

Digo, a menos soy fiel, inteligente, honesta, linda y tierna. Claro, con un poco de esfuerzo en los últimos dos ítems. Pero nunca le he hecho a nadie lo que mis ex me hicieron a mi. Nunca he destrozado a alguien así y espero morir sin haberle hecho ese daño a alguien.

¿En qué estaba pensando cuando empecé a escribir esta historia? En que el pasado nos condena a todos y en que es bueno a veces hacer el ejercicio de mirar hacia atrás y no volver a cometer los mismos errores. Aprender de las experiencias siempre es la forma más dolorosa de aprender, pero las situaciones empíricas dejan mucho más que cualquier consejo.

Por ahora lo que sé es que tengo que estar bien ante de volver a enamorarme y que no debo ser la misma idiota que he sido las otras veces, no dar todo por el otro, no confiar a ojos cerrados y por sobre todo, no entregar el corazón completo, siempre hay que quedarse con algo para poder volverse a querer si te hacen daño.

* Los nombres claramente han sido cambiados. 

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