Down with love

Por Elena

Hoy tomé el metro. Hace mucho que no lo hacía, porque prefiero caminar antes de ser parte de la masa compacta de pasajeros que entran a presión a cada vagón colapsado. Sin embargo, hoy (domingo) estaba despejado y lamentablemente para ir al Parque Arauco tengo que andar en micro y/o metro.

¿Qué es lo relevante de haber tomado la locomoción colectiva? Que estuve encerrada con otras personas por más de 20 minutos y eso desencadenó en mí una conclusión sin lugar a discusión.

Abajo el amor.

Cada entrada me supero en intolerancia. A lo mejor ahora el amor es para mi lo que la leche entera es para un intolerante a la lactosa. Pero es que a los pocos minutos de comenzar el recorrido me di cuenta que justo frente a mi había una pareja que se miraba con esa cara de enamorados que desespera. Y si miraba un poco más allá había otra pareja comiéndose como si fueran rumbo al motel. Y si miraba más allá, había un tipo demasiado feo y como que tampoco era opción.

Recuerdo que cuando era preadolescente le dije a mi mamá que me cargaba el amor. Ella me miró con cara de credulidad- cosa que siempre ocurría cuando yo hacía ese tipo de comentarios absurdos- y me preguntó por que.

– Es que me carga la cara de baboso que pone el niño al que le gusto y no me quiero juntar más con él.

Yo he dicho que mi crueldad es genética. Y eso lo comprobé cuando mi madre me respondió muy tiernamente.

– Sí, a mi también me cargan los hombres con cara de enamorados, pero no se lo puedes decir

Es más, recuerdo que me contó toda la historia de su primer pololo, que fue a los 13 años, super inocente y tierno, como un amor de verano, pero que para ella significó soportar a un tipo mirándola con cara de amor, cosa que le molestaba por sobre cualquier cosa y terminó con el.

El que no me gustara la cara de un hombre enamorado significó para mi pasar varios años pensando que estaba predestinada a ser soltera para siempre y que jamás lograría enamorarme ni ser feliz y todas esas cosas que una trágicamente piensa en la adolescencia, drama que en mi generación era acompañado de largas tardes viendo Dawson’s creek.

Pero eventualmente superé ese trauma. Fue cuando me enamoré, me puse a pololear y me di cuenta que mi pololo me miraba con cara de weón y no me importaba. De hecho, ahí noté que lo más factible era que yo también tuviera cara de estúpida cuando lo miraba a él. Y el tema dejó de importarme. Pero esa relación terminó, empecé otra que también terminó y ahora nuevamente me levanto como una mujer down with love.

Es así como también me revelo ante los globos en forma de corazón con mensajes como “Te amo”, “Para el novio del año”, “Eres lo que siempre soñé” y así, cientos de frases cliché que repletan estanterías en tiendas rosadas junto a peluches de osos y otros animales con los mismos enunciados que la gente no sólo compra, sino que regala y luego muestra con mucho orgullo.

Eso no es para mi. Ya no. Sería feliz con un ramo de flores, con chocolates, con un detalle lindo. Pero jamás con un peluche gigante que diga “I luv u” cada vez que se le aprieta la mano. Sé que por ahí alguien dijo que secretamente todas las mujeres deseamos esas cosas cuando estamos enamoradas, pero ahora que estoy en un estado lúcido soy fe que eso no es para mi.

Y es que cuando uno se enamora está como drogado todo el día, feliz y reluciente. Eso no es estar lucido, eso es estar en el estado máximo de la estupidez, estado en el que además, uno comente enormes errores sin tener mayor razón que “es que lo amo”. Como si eso fuera excusa para algo en este mundo.

Estar enamorado no es pensar con claridad.

Además, el amor no se expresa con bolsas llenas de helio a $2.500 el pequeño y $3.500 el más grande. El amor es otra cosa, que tampoco me gusta, pero que me molesta menos. Y aparte ¿Quién dijo que cuando uno está enamorado debe regalar esas cosas? Es simplemente una invención de la publicidad y del sistema, que nos llena la cabeza de estereotipos absurdos que todos quieren cumplir a cabalidad.

Abajo con los clichés del amor. Abajo con los apodos estúpidos. Abajo con los corazones y las tarjetas con mensajes cursis. Abajo con los peluches que suenan, con los globos gigantes, con las canciones de Arjona- ¡como te odio Arjona!- y con cualquier cosa que sea parte de un molde que alguien inventó, pero que no se justifica.

Abajo con el amor y las caras de estúpido.

Y mientras escribo estas líneas pienso en como me las voy a tener que tragar si es que alguna vez me vuelvo a enamorar y me de esa estúpida fiebre romántica. Porque lo más seguro es que caiga en cada una de las cosas que acabo de señalar como lo peor del mundo.

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