Cuando dañan a una amiga

Por Elena

Cuando el viernes sonó mi teléfono y ví que me llamaba la Isi, automáticamente me tiré en la cama feliz y preparada para el desborde de historias que de seguro le habían pasado en las dos semanas que llevaba sin tener una conversación decente con ella, eso sin contar un par de líneas por gtalk en el trabajo.

Cual fue mi sorpresa al escuchar su voz cortada y llorando, diciéndome que su pololo de toda la vida la dejó.

Ese mal nacido.

La consolé como pude, entendiendo que en ese momento cualquier cosa que le dijera significaba nada para ella. Recuerdo como fue para mi y no podía hacer otra cosa más que escucharla y jurarle que pase lo que pase, las cosas mejoraría.

Sin embargo, con el paso de los minutos me descubrí dando los mismos consejos lo que nunca me gustó oír. Me escuché diciendo que todo iba a estar bien, que el tipo es un mal parido, que se iba a arrepentir de haberla hecho sufrir, que no valía la pena derramar lágrimas por alguien que no había sabido apreciarla y que con el tiempo alguien que sí la merecerá va a aparecer y sabrá hacerla feliz.

Obviamente nada de eso calmo a la Isidora, que al final optó por la sana se alternativa del relajante muscular y se fue a intentar dormir.

Sé que cuando las amigas la aconsejan a uno siempre lo hacen por nuestro bien y que no todo el tiempo te dicen lo que quieres escuchar, sino que la verdad. De hecho, eso es lo que caracteriza a una buena amiga. Sin embargo, después de esa conversación no pude evitar recordar un dicho que escuché una vez en el campo: “A la vaca a veces se le olvida que fue ternero”.

Creo que no soy la única que puede decir que aunque es capaz de aguantarse su propio dolor a duras penas, cuando alguien le hace daño a un ser querido, la garras y lo colmillos aparecen de inmediato y es difícil mantenerse al margen.

Se me generó entonces una dualidad enorme. Por un lado, entiendo a Isi, comprendo que lo defienda, que diga que no importa lo que pasó y que repita una y otra vez que lo ama y que lo único que quiere es volver con él. Yo también lo dije en su momento. Pero escucharla defender a su ex me enojó tanto que entendí de inmediato a todas las amigas que tuvieron ganas de golpearme por bruta.

Es difícil no sentir el dolor de una amiga como en parte propio. Es aún más complicado no caer en los mismos comportamientos que sabes te molestaron cuando tu eras la que lloraba desconsoladamente.

Puedo aguantar mi corazón roto y todas sus consecuencias. Pero cuando a una amiga le pasa, la dualidad es evidente. La entiendo plenamente, pero no logro dejar de actuar como una buena amiga que mantiene la objetividad ante la situación e intenta transmitir ese mensaje que yo misma me negaba en creer.

Va a pasar.

Odiar a los ex de las amigas es mucho más fácil que odiar al propio. Claro, no hay que justificarlo de ninguna manera y, obviamente, al ver a un ser querido mal es imposible perdonar como se perdona a alguien que se ama. Pero ¿qué saco de vociferar en contra de ese hijo de puta cuando sé que en cualquier momento la Isi puede volver con él y yo seré la mala de la película que no la apoya y no la entiende en sus decisiones?

Eso no quita, por su puesto, que si me lo vuelvo a topar le ponga cara de pocos amigos y le haga la típica amenaza de “en caso de que planees volver a hacerle daño, te recuerdo que tengo una pala y una pistola… dudo que alguien realmente vaya a extrañarte”.

De todos modos, aunque me duela asumirlo públicamente, cuando mis amigas odiaron a quien me hizo daño, tenían toda la razón, así no lo haya visto en el momento adecuado. Les agradezco de verdad toda la paciencia que me tuvieron cuando caía una y otra vez en las mentiras de amor eterno que ustedes sabían no tenían ningún tipo de valor real. Y aunque más de una vez mi ceguera temporal haya significado peleas y malos momentos, no puedo dejar pasar la oportunidad de decirles que estaban en lo correcto y me disculpo por haberme enojado tanto cada vez que hicieron lo posible por despertarme de mi trance de estupidez.

Isi, va a pasar, te lo digo como sobreviviente. Date el espacio de sufrir, de llorar y jamás evadas el dolor. No tengas miedo de decir que lo extrañas, pero no dejes que jueguen contigo. No permitas que alguien tenga el poder de hacerte sentir que vales poco, porque tú te mereces todo lo que alguien pueda darte.

No creas en las promesas, cree en las acciones y en los hechos con resultados. Pasa por todas las etapas, la pena extrema, la negación, la esperanza, el odio. Porque después de eso sólo queda el desamor y ahí volverás a ser libre. Y cuando vuelvas a ser libre de todo te encontrarás claramente con la hermosa mujer que eres y podrás volver a amar a alguien que sepa valorar todo lo que puedes entregar.

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