Amigas del colegio

Por María Jesús Gonzalez

Como ya les había contado en otra columna, asistí gran parte de mi vida en un colegio de señoritas católico de monjas en peligro de extinción, porque ver a una monja o “hermana” es como encontrar un trébol de cuatro hojas o hallar un unicornio galopando por la Alameda. Pero de lo que voy a hablarles hoy es de esa amistad que haces en el colegio, en mi caso particular mi grupo de amigas.

No soy un prodigio en relaciones públicas y ser sociable, pero cuando pequeña, digamos que aproximadamente a la edad de cuatro años en adelante, siempre me hacia de algún amigo. Porque admitámoslo cuando eres niño es fácil hacer amigos, en cambio al ser adulto todo es más complejo y enredado.

Con las chiquillas solíamos ir a todas partes juntas, dentro y fuera del colegio, jugábamos Uno en el almuerzo y nos recostábamos como morsas en el patio, aveces escuchábamos música, otras jugábamos verdad o reto y hablábamos de el joven de turno o las rivales de otros grupos que por lo general le teníamos apodos crueles.

La mayoría de mis primeras veces las viví y/o compartí con mis amigas: mi primer beso, mi primera menstruación, los primeros coqueteos con el sexo opuesto o aprender sexualidad con los tips de la cosmopolitan, ya que la educación sexual en mi colegio era pobre y lo que más se resaltaba era que si fornicabas eras una puta. Todo con una doble moral y esos énfasis en que el sexo por poco era embarazo, enfermedades y que tu vida se arruinaría si tenias sexo. Volviendo a mis primeras veces, como cuando perdí mi Virginia, y viví mi primer pseudo enamoramiento que andaba por las nubes, hasta que rompieron mi corazón. Todo lo conversábamos porque todas estábamos en la misma

Con ellas, me emborraché por primera vez en la azotea de un edificio y grite a todos los vientos: -Jorge te amoooo (no doy los nombres reales por si acaso), me fumé mi primer cigarro e incluso, al más puro estilo de mechera, robé en un supermercado sólo porque queríamos ser rebeldes. Hacíamos guerra de comida en el casino del colegio y celebrábamos los cumpleaños en una famosa heladería. Donde nos atendía un joven muy guapo y en vez de dejar una propina decente, dejábamos nuestros teléfonos y correos electrónicos, creyendo que nos agregaría a msn, anotado en una servilleta con un beso.

No soy de esas personas que extraña el colegio, ya que el solo hecho de levantarme tan temprano, estudiar materias que no me gustaban, pasar con cara de poto todo el día y para rematar sobrevivir en una sala con cuarenta adolescentes igual de locas que yo… Valor a la luz!! Pero si extraño compartir todos los días con mis amigas y reírnos hasta casi desencajar la mandíbula…

Ahora con suerte nos juntamos una vez al año y nunca el grupo está completo, lamentablemente crecimos y el tiempo es poco, nunca nos coordinamos, siendo que antes un simple: “oye, ¿vamos a fumarnos unos puchos a la vuelta del colegio?” Era suficiente, para compartir.

Existen personas afortunadas que aún conservan a sus amigos del colegio y se juntan, quizás no tan seguido, pero, más veces que una vez al año, como pasa en “mi grupo”.

Pero la vida sigue y aunque sea una miserable vez al año, es mejor que nada y vale la pena, porque siempre es un agrado juntarte con esas personas que fueron testigo de grandes cambios desde la infancia, hasta la adolescencia. Ahora que me doy cuenta esto es como la historia de la teleserie adrenalina, “las reinas de la noche” que luego de ser tan unidas, al salir del colegio nunca mas se juntaron. ¡Que triste!

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